En los primeros días de enero de 1959, Fidel Castro entraba triunfante en La Habana tras varios años de lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista. La consagración de la revolución no sólo traía novedades significativas hacia el interior de Cuba, sino que muchas tenían una importante proyección externa en un contexto de guerra fría.
Desde ese punto de vista, debemos tener presente que Estados Unidos, desde el último cuarto del siglo XIX, ejerció una creciente influencia política, económica y militar sobre América Latina en el marco de la Doctrina Monroe. La revolución cubana y su evolución posterior se escenificaban en su "patio trasero" y agravaba la cuestión de la seguridad hemisférica en la medida en que rápidamente se diferenciaba de Washington y se acercaba a Moscú.
Es en este marco cuando la gestión norteamericana decidió el embargo azucarero; la ruptura de las relaciones diplomáticas y la fallida invasión a Bahía de Cochinos en 1961, y se desencadenó la crisis de los misiles en 1962.
Si estas medidas tenían un sesgo bilateral, avanzar en el aislamiento de Cuba a nivel hemisférico era considerado fundamental para evitar que otros países siguieran su ejemplo. En esta cruzada se impulsó la expulsión de Cuba de la OEA y la Alianza para el Progreso (reemplazada luego por la Doctrina de la Seguridad Nacional), que ponía en evidencia el "doble estándar" norteamericano: hacia adentro de EEUU, la defensa del orden constitucional era central; hacia fuera, se apoyaban (directa o indirectamente) dictaduras civiles o militares funcionales con el objetivo primordial de contener el avance comunista.
Para la Argentina la revolución cubana no fue un tema menor. Su proyección en el plano interno complicó aún más la situación de los Gobiernos constitucionales de la década del 60, al favorecer las miradas de aquellas sectores que consideraban que las Fuerzas Armadas estaban mejor preparadas para llevar adelante esta cruzada anticomunista. Es decir, actuó como un factor de desestabilización. En segundo lugar, fue parte de los argumentos justificativos de los golpes de Estado en los 60 y 70.
Sin duda, la revolución cubana, su proyección regional e internacional y la percepción que se tenía de ella como punto de referencia tanto en forma positiva como negativa, gravitaron significativamente en la evolución de América durante la guerra fría.